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11 enero, 2012

EL CERRO DE SAN MIGUEL

El Cerro de San Miguel es uno de los lugares más interesantes de la ciudad de Granada, especialmente por su disposición geográfica ya que hace de telón de cierre de todo el paisaje urbano del Albaicín y por añadidura de buena parte de la ciudad de Granada hacia el nordeste. Su especial interés es lo que me  hizo   colocar su vista frontal como cabecera de este blog. Situado en las últimas estribaciones de Sierra Nevada, desde él se domina una de las mejores panorámicas de toda la ciudad, contando además con un cierto interés histórico y artístico, tanto por las murallas del siglo XV que buscaron sus laderas para la protección de la ciudad árabe como por la ermita de San Miguel, que da nombre al cerro. Se trata de un espacio semiurbano que por su belleza debería ser mimado tanto por las administraciones como por la ciudadanía, huyendo de intervenciones agresivas y fomentando tanto el uso y disfrute de la población autóctona como un mayor aprovechamiento de cara al turismo de la ciudad, al que tantas cosas más se pueden ofrecer aparte de los más conocidos monumentos.

En la parte posterior del Cerro se van abriendo los barrancos que dispondrán luego el paisaje del barrio del Sacromonte. Se trata de un paisaje periurbano en el que abundan los pinares de repoblación (no demasiado densos, como se ve) y que ofrece algunas vistas incomparables sobre el valle del Darro y Sierra Nevada, como se mostrará más adelante. Es uno de esos paisajes en los que uno se siente tan cercano de la ciudad como del mundo rural, en el que  a pesar de dominar la visión de montes y valles, se escucha el sonido de las actividades urbanas, en una sinfonía que se mezcla con los cantos de los pájaros y el siseo del viento sobre los árboles. Un paisaje habitualmente desierto en el que, con las debidas precauciones, se puede disfrutar de un agradable paseo, sobre todo en la solana invernal. 

Este es el senderito que lleva desde San Miguel hasta la Abadía del Sacromonte. Discurre entre agradables pinares, cruza algún que otro barranco sacramontano, ofrece innumerables y diversas perspectivas y no es demasiado largo (en torno a los 30 minutos de un lugar a otro). Aparte del paseo para disfrutar la quietud y la soledad del monte, puede ser recomendable para hacerlo la mañana del  día de San Cecilio, aunque haya bastante más movimiento del habitual por estas zonas. Por ejemplo, subiendo en  el autobús número 7, que deja prácticamente en el Cerro de San Miguel, o a pie por el Albaicín,  llegando luego por el sendero a la Abadía para disfrutar del ambiente festivo del día y finalmente  bajar por todo el Camino del Monte hacia la Carrera del Darro para buscar un buen tapeo por la ciudad. 

Aparecen aquí dos perspectivas desde el sendero citado hacia el valle del Darro, primero centrando la mirada en la Abadía del Sacromonte (de la que no desaparecen los rastros del incendio sufrido hace algunos años), que destaca sobre la escasa vegetación de las zonas altas de la solana como contraposición a la sombría de la otra orilla del Darro, antes de que las cumbres nevadas de Sierra Nevada alumbren de nuevo el paisaje con su blanco habitual de los inviernos. 

Desde el mismo sendero, otras dos perspectivas, pero ahora hacia la Alhambra. La primera, con la vista abierta hacia el conjunto del monumento, aunque tamizado por la luz de la tarde que le confiere un aire de cierta fantasía al suavizar los rasgos urbanos de la parte posterior, magia que se repite cuando las torres de la Alcazaba parecen surgir como por encanto de las copas de los pinos.

El entorno de la Ermita de San Miguel ha sido restaurado recientemente, con un nuevo enlosado y empedrado que discurre junto a lo que ha venido siendo la Casa de Menores (popularmente Reformatorio) de San Miguel, que es el edificio que aparece a la izquierda. Por esta parte accederemos a la Ermita de San Miguel si venimos de las nuevas urbanizaciones pegadas a Haza Grande. 

Aquí vemos un primer plano de la también adecentada Fuente del Aceituno, recuerdo de la pequeña Mezquita del Aceituno que junto con una torre árabe dominaba en sus tiempos la zona, hasta que la invasión francesa destrozó gran parte de aquello. Se trata de un típico y simple pilar granadino, pero con una cierta gracia dada por su disposición sobre plataforma.

La ermita de San Miguel Alto (en contraposición a la iglesia de San Miguel Bajo) es pequeña, recoleta, casi empequeñecida ante el impresionante paisaje que tiene a sus pies. La ermita, construida en 1671  sobre lo que era la torre árabe del Aceituno que culminaba la muralla nazarí,  fue prácticamente destruía durante el período de ocupación francés, por lo que tuvo que ser reconstruida pocos años después. Nos encontramos con una construcción simple aunque con un gracioso juego de vanos en su fachada, con balconcillo principal sobre la puerta de entrada. Aquí se congregan los albaicineros de pro el domingo más cercano al 29 de septiembre, día de San Miguel, para festejar al santo en una modesta pero peculiar romería. 

Las vistas que se divisan desde la ermita son sencillamente impresionantes, quizás las mejores que de cualquier mirador urbano puedan admirarse. El Albaicín y la ciudad confunde sus planos y sus perspectivas desde la ermita, y se consigue atisbar en una misma línea de cercanos puntos lugares como la Colegiata del Salvador, la Iglesia de San Nicolás o la Catedral granadina. Abundan las parejas que buscan un lugar romántico en el que extasiarse; pero en realidad suele acudir cualquiera que quiera sentir Granada a sus pies desde una posición totalmente privilegiada. Toda la ciudad y toda la Vega se tiene a un palmo de la mano o de la cámara de fotografías. Tanto con la luz clara del mediodía como cuando el sol se está escondiendo por las lomas de la comarca del Temple, cualquier momento es bueno para deleitarse con este paisaje granadino. 

A la izquierda se observa la ingente obra de la muralla nazarí, que al final resultó infructuosa ante el empuje de los Reyes Católicos. Detrás, la reabierta Silla del Moro, casi perdida entre la arboleda, y más allá la eterna Sierra Nevada con sus cumbres nevadas y sus picachos que rompen los trazos rectilíneos de sus cumbres. 

Desde el mirador los ojos se pierden en multitud de detalles, en infinitas torres y ventanas, en juegos de cipreses y piedras, en luces de la tarde que suavizan los ángulos de los edificios. La catedral, como siempre, impresionante desde cualquier punto; la muralla zirí del siglo XI y su nunca acabada restauración y apertura para el conocimiento y disfrute ciudadano; y las torres de San Bartolomé y San Cristóbal en contraposición con los nuevos edificios de la Universidad y de la calle Gonzalo Gallas; éstos y más detalles que encuentra la vista como sin querer, vagando por el espacio geográfico, cultural e incluso sonoro que aparece a sus pies. 

Y la Alhambra, con su Torre de la Vela en la proa, siempre se encuentra, ya sea en campos de visión largos, cortos o medios, como es este caso, complementándose con el bajo Albaicín y la ciudad moderna, rodeada de su bosque de colores otoñales, siempre dispuesta a ser mirada casi como el mar, de forma infinita. 

En el atardecer invernal la Vega se llena de sombras provocadas por la luz, pero también por la continua quema de rastrojos que se produce en sus pagos. Carreteras zigzageantes que conducen a nuevas urbanizaciones, tejados brillantes por la acción de los últimos rayos solares, verdes casi escondidos entre tanta penumbra, arboledas casi ensoñadas y sobre todo, acumulación de sensaciones de todo tipo. 

Hacia la derecha, podemos observar los barrios de nueva construcción del norte de la ciudad, con la pantalla de las sierras Elvira y de Parapanda al fondo, y en un plano más cercano, junto a la muralla, el nuevo barrio de los Cármenes de San Miguel. Aquí la muralla tenía un roto que se intentó solucionar con una medida arquitectónica bastante discutida en su momento, y que como tantas otras polémicas, ha quedado reducida al olvido. Al final se quedó como aparece en las fotografías, con ese inútil pasillo interior entre las lozas de mármol y con una abertura que comunica las dos zonas que separa la muralla. ¿Es la actuación más adecuada? Que cada cual saque su opinión. 

Al inicio del Carril de San Miguel, junto a las pitas, se han colocado algunos buzones para que el cartero no tenga que ir cueva por cueva repartiendo las cartas. Este es el camino más corto para subir desde el Albaicín hasta la ermita y este es el punto donde terminan las últimas construcciones del barrio y empiezan el descampado salpicado de cuevas que se sitúa bajo San Miguel. 

Le decimos ya adiós al cerro y a la ermita, a las pitas y a las cuevas, al sol que dora el lugar donde tan buen rato hemos pasado.

Y bajando, nos despedimos también de las ruinas de la iglesia de San Luis que nos recuerdan que aunque todo acaba, en cierto modo permanece, como esa Granada que a nuestros pies, a pesar de tantos atentados urbanísticos, sigue ofreciendo su belleza sin descanso durante siglos. 

Y cuando el sol apura sus últimos instantes, comprobamos como en sólo un minuto de diferencia cambia la luz del cielo, de las ramas y de las piedras de las torres albaicineras. La luz deja con sufrimiento esta ciudad, este paisaje que tan solo espera ser conocido y disfrutado.

2 comentarios:

Alberto Granados dijo...

Es una zona que desconozco, pero que me animaré a conocer. Un magnífico post y unas imágenes presiosas.
Un saludo,

AG

POLI TORRE dijo...

Un estupendo estudio sobre este enclave, que no es muy conocido por muchos granadinos.
Gracias por tu estupendo trabajo