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04 septiembre, 2013

EL LUGAR QUE HIZO POSIBLE LA ALHAMBRA

Si cualquier visitante actual de la Alhambra conociera un poco el entorno del monumento y fuera un poco curioso, enseguida se preguntaría algo fundamental para entender cómo una ciudadela construida en un promontorio y sin posibilidad de conseguir un caudal continuo y suficiente de agua, pudo llegar a convertirse en un conjunto de casi tres hectáreas (aparte del Generalife y otras huertas) en el que el agua formó parte no solo de los usos cotidianos de sus habitantes sino también de otros usos menos vitales como los ceremoniales o simplemente del disfrute de los sentidos. Efectivamente, sobre las estribaciones situadas sobre el conjunto monumental no existe ningún nacimiento de agua natural; tan sólo se pudo construir algunos aljibes como el de la Lluvia, del que su nombre indica la forma de recoger el agua. Pero el agua de lluvia sólo hubiera servido para una mínima población y desde luego no para derrocharla en jardines ni juegos acuáticos. Pero los ingenieros granadinos de aquella época idearon un sistema que, en general, aún se mantiene hoy. A través de unos seis kilómetros construyeron una acequia (ya hemos hablado algo de ella en la anterior entrada) en la que incluso excavando túneles consiguieron contactar con una cota de nivel en la que, desde el río Darro, conseguir un  caudal continuo de agua así como una mínima pendiente que llevara el vital elemento hasta el Generalife primero y luego a la Alhambra. Y de eso trata esta entrada, del lugar donde la Alhambra y el Generalife sustraen el agua al río Darro para su subsistencia tanto en el pasado como en el presente y, previsiblemente, en el futuro.
 
Es esta, nada más y nada menos, la en principio insulsa importancia de esta pequeña pantaneta que sirve para obtener agua de un pequeño río. A veces las cosas grandes se consiguen a través de medios modestos. La toma de la Acequia Real se sitúa unos 800 metros más arriba de Jesús del Valle, siguiendo el curso del río, justo cuando el río tuerce su sentido conforme el camino que le marca una fractura geológica. Un pequeño azud que se encuentra perdido en el centro de esta imagen obtenida desde la zona del Llano de la Perdiz, entre un oasis de vegetación de ribera, prácticamente donde el Barranco de Belén, a la derecha de la imagen, confluye en el río Darro.

Entre los frondosa vegetación aparece el río Darro, que de pronto se ve estancado por una construcción de la que naturalmente queda poco o nada de la original. Hasta este punto del Darro tuvo que llegar el ingente proyecto del primero monarca nazarí, Muhammad I, allá por mediados del siglo XIII.


Aquí vemos una imagen de la cascada que surge del desborde de la presa homónima con la acequia Real. Donde se encuentra esta presa al parecer existía ya un pequeño poblamiento tardoantiguo, hablando algunos autores de una posible canalización previa a la de Muhammad I. También se ha hablado de que este lugar hubiera estado vinculado a un posible punto de captación de agua para abastecer al antiguo Iliberri (colina del Albaicín, para entendernos), pero debiera haber salvado barrancos demasiado importantes. Pese a lo complicado de poder asegurar o no estas teorías, sí parece claro que este punto perdido del valle del Darro tiene más historia de la que parece.

Aquí una imagen del sencillo sistema de compuertas que abre a conveniencia el hueco por donde se separa el agua que se deriva hacia la acequia.


Y este es el principio de la Acequia Real, que primero discurre unos pocos metros por la ribera derecha para cruzar hacia la izquierda (lo hacía a través de un acueducto tras mover un molino harinero ya abandonado) para así poder ir descendiendo suavemente por las pendientes de la Dehesa del Generalife hasta alcanzar su objetivo.


Y este pequeño río que es el Darro, incluso a principios de septiembre, aún donando parte de su agua para la Acequia Real, consigue mantener un importante caudal que hace incluso tener que descalzarse un par de veces si se sigue el sendero (al menos, el principal) que discurre entre el Camino de Beas y Jesús del Valle, pero eso será objeto de la siguiente entrada que cerrará así una especie de trilogía dedicada a la zona menos urbanizada del valle del Darro a su paso por el municipio de Granada. No olvidemos que por estas zonas que estamos ahora, nuestro absurdo e incompetente alcalde, junto con su cohorte de incautos, pretende hacer el cierre de la Circunvalación por el Este. No se trata de estar contra el progreso, sino contra el progreso que nos hace retroceder como seres humanos racionales esquilmando el entorno natural mejor conservado de nuestro municipio. Granada no se merecería que algún día se acometiera tal disparate. En la próxima entrada, como digo, conoceremos mejor los lugares por donde quisieron construir una gran autovía.

10 julio, 2013

EL TORREÓN DE LA PLAZA DE LA CHARCA

En nuestra ciudad siempre hay lugares que se escapan de las guías turísticas, de los que no se dispone de demasiada información, que aparecen casi sin esperarlos, pero que siempre sirven para marcar el paisaje y las calles de nuestra ciudad, para que el paseante sin rumbo encuentre un motivo más para dar por bueno su discurrir por la Granada de infinitos rincones.
 

Muy cerca de la conocida Plaza de San Nicolás y aislado del resto de tramos de la muralla que rodeaba la Alcazaba Cadima del Albaicín, se encuentra este torreón, que se encuentra justo al lado de la Plaza de la Charca. Para llegar a él, bien se coge la calle de la Charca, que bordea el Centro de Salud del Albaicín (desde su patio también se puede apreciar), bien por la escalera que aparece en la fotografía, por la que se sube desde la Plaza de la Charca, a la espalda de la Colegiata del Salvador. Nos encontramos en lo que es la zona más antigua de Granada, como así han demostrado excavaciones como las realizadas para la construcción de la mezquita del Albaicín,  con restos no sólo árabes, sino también de tramos de murallas íberas y romanas,  que dan idea de la importancia de este lugar estratégico en alto para formar el inicial núcleo urbano de Granada.


El torreón destaca, más por que por su importancia artística, por ser un hito aislado de una muralla que en otros lugares, como el que discurre junto a la Cuesta de la Alhacaba, se conservan mejor. Su forma en cubo aumenta el carácter defensivo de lo que fue la muralla zirí; una muralla casi inexpugnable para la época que  fue construida sobre otros tramos de civilizaciones anteriores. El conjunto de la muralla zirí es de los bienes monumentales más antiguos que de la época árabe se conservan en nuestra ciudad, y por eso merece toda ella una intervención rápida para su recuperación en todos los tramos que se conservan, incluidos torreones como el de la Plaza de la Charca, que aparecen de súbito cuando uno se pierde por las calles del Albaicín; un barrio que siempre nos da sorpresas a los que andamos en busca de cualquier indicio de nuestro largo pasado.